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Raymond Aron: un liberal solitario

Grupo de Estudios Estratégicos 19 de Octubre de 2013

elva aronEl 17 de octubre de 1983, Raymond Aron se desplomaba víctima de un infarto en las escaleras deLa Conciergerie, el Palacio de Justicia de  París. Salía de testificar a favor del historiador Bertrand de Jouvenel, acusado de colaboracionista por el israelí Zeev Sternhell en su último libro, denuncia escrita del  fascismo europeo. Las crónicas judiciales cuentan que el testimonio de Aron sobre la vida y obra de Jouvenel, su crítica demoledora al libro en cuestión, “Ni droite ni  gauche”, fueron fundamentales para que éste fuese condenado por el tribunal por difamación.

Aron, judío francés, voz temprana ante el hitlerismo, figura destacada de la resistencia en Londres, se encaraba en su último día de vida con un panfleto de denuncia del antisemitismo, de un escritor judío militante, y aportando criterios intelectuales a un desagradable proceso judicial por difamación. Su muerte, en medio de una polémica, en este contexto de paradojas y aparentes contradicciones, constituye fiel reflejo de su trayectoria intelectual, de su particular manera de ser liberal en el siglo XX.

Su madurez intelectual había comenzado en los años treinta, situándole frente al neokantismo, el cartesianismo y el positivismo que dominaban la filosofía francesa en la primera mitad de siglo XX. En los felices años de preguerra, frente al optimismo de la Razón y del progreso, Aron había reivindicado la condición histórica del hombre, llena de paradojas y de contradicciones, de pasiones y de decisiones  aventuradas, en precario y de consecuencias imprevisibles, que convierten la  existencia humana en algo problemático. Para Aron, a esta pesimista condición humana no escapan ni el hombre de Estado, el militar o el revolucionario que hacen la historia, ni el periodista, el analista o el historiador que la cuentan y la describen.

Ėl mismo lo resumió en dos conocidas máximas: “el hombre hace la historia, pero no sabe que historia hace”, advertencia a las filosofías del progreso. Y en la Alemania de postguerra, que se levantaba aún de entre sus ruinas, resumía así la aventura de la humanidad: “la historia humana, esa mezcla de heroísmo y estupidez”.

Esta concepción pesimista del hombre es la primera característica del pensamiento de Aron que el lector que se aproxime a él encontrará en todas sus obras, da igual que se trate de “La tragedia argelina” (1957), “La lucha de clases” (1964) o su “Pensar la guerra” (1976). Así, en el siglo de los excesos ideológicos, de las pasiones políticas en nombre de bienes y valores absolutos -a derecha e izquierda- el liberalismo de Aron destaca por esta particularidad: el hombre y la política se mueven siempre en precario, y olvidarlo es el primer paso hacia el dogmatismo intelectual y la tentación totalitaria.

Esto significa que medio a tientas se mueve el político al decidir subir los impuestos, el general a la hora de ordenar un ataque. ¿Qué le queda entonces al espectador, al analista, al filósofo que lo juzgan buscando regularidades, leyes o valores? Pues únicamente discernir las circunstancias de la decisión, bucear en los motivos y objetivos de los dirigentes; rebuscar entre instrumentos y medios de la política exterior o de partidos; o descubrir las fuerzas sociales y económicas y las posibilidades institucionales en que se produce. No hay causas únicas, no hay claves históricas, no hay secreto social o histórico que descubrir y que clarifique la marcha de la historia, dentro y fuera de la nación. Cada decisión, aventurada, es única.

Punto de partida ciertamente frustrante para el conocimiento social o histórico, para el analista o espectador, se dirá. Relativismo “desesperado”, como le advertiría Paul Faulconet en el temprano 1938. Y no sin razón: sin clave histórica que explique el comportamiento humano, estamos abocados a la búsqueda sin fin. Pero el secreto de la potencia creadora de Aron es precisamente éste: reconocer el carácter inabarcable del análisis, alejado de cualquier tipo de determinismo y siempre sujeto a renovación y revisión. Esta es la clave para entender conocidas obras como la demoledora “El opio de los intelectuales” (1955) o la monumental “Paz y guerra entre las naciones” (1962), quizá la principal obra sobre relaciones internacionales de todo el siglo XX.

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