François Duchêne

Método Jean Monnet

Coloquio organizado por la Comisión de las Comunidades Europeas con motivo del centenario del nacimiento de Jean Monnet. Bruselas, 10 de noviembre de 1988.

ducheneEl «método», o más bien la personalidad, de Jean Monnet se encuentra en la raíz misma del carácter paradójico de su reputación.

Por un lado, para la minoría que ha seguido de cerca los acontecimientos que se han sucedido a lo largo del siglo xx, Monnet es una de las grandes figuras de este siglo. Tiene la grandeza del epígrafe, supuestamente de «Hamlet», con el que el general de Gaulle encabeza su libro El filo de la espada: «ser grande es casarse con una gran causa». Es frecuente comparar y oponer al general de Gaulle y a Jean Monnet. Los restos mortales de Jean Monnet han sido trasladados al Panteón de París, de manera que, es el único ciudadano europeo de honor.

No obstante, fue y sigue siendo más o menos desconocido del gran público. Nunca fue elegido en una circunscripción electoral, ni fue ministro; nunca tuvo las riendas del poder en sus manos.

Monnet carecía igualmente de todas esas dotes teatrales que tan necesarias son para triunfar en política. Su voz no imponía, su expresión era austera, no tenía el instinto de proyectar su persona a la opinión pública. Era un clásico, un artesano, para quien lo fundamental era la obra misma.

Un buen funcionario puede moverse con soltura dentro de estos límites, que para un político resultan impensables.

La unificación de Europa, como todos los grandes movimientos de la historia, es una obra colectiva. Limitándonos a los grandes políticos de los años cincuenta, hubo por lo menos cinco de los que puede decirse que la Comunidad no habría salido adelante, en su forma actual, sin sus respectivas aportaciones.

Robert Schuman asumió la responsabilidad del plan que lleva su nombre, que podría haber sido abrumadora. Konrad Adenauer fue la roca sobre la que los arquitectos de Europa pudieron edificar con toda confianza. Paul-Henri Spaak, Jan Beyen y Guy Mollet contribuyeron por su parte también en distintos momentos de una manera decisiva. ¿Cómo explicar en estas condiciones que Jean Monnet ocupe un lugar único en el Panteón de la Europa contemporánea?

Se puede responder de una manera sencilla y breve diciendo que fue el inventor del método comunitario.

Lo cual es esencial y cierto, aunque al mismo tiempo quede demasiado corto.

Monnet es uno de los inspiradores de los proyectos políticos más fértiles de este singlo. Entre 1945 y 1963 (por citar únicamente estos años), el plan Monnet, el plan Schuman, el proyecto de ejército europeo, Euratom, por muy extraño que parezca, la OCDE y, por último, la alianza entre Europa y América, llevan todos su sello.

De hecho, su impacto todavía fue mucho más amplio y profundo. Monnet ha dejado su impronta en cada aspecto de la unificación europea. Su influencia se puede apreciar no sólo en el espíritu y en los preceptos de ésta, sino también, con idéntica fuerza, en la estrategia y la táctica gracias a las cuales las Comunidades se han hecho realidad.

Robert Marjolin ha dado en sus memorias, La tarea de una vida, la explicación más breve, quizás, de dicha influencia. Dice en ellas que Monnet «tenía una capacidad de convicción que no ha encontrado en ningún otro ser humano», y añade que «Monnet se guiaba en cada momento de su vida por una idea clara, que no tenía un alcance limitado, sino que casi siempre era una concepción del mundo.[…] Esta capacidad excepcional para concebir ideas originales, o a las que sabía dar una apariencia de originalidad, junto con un talento extraordinario para ejecutarlas, son las razones fundamentales que explican la fascinación que Jean Monnet ejerció en numerosas personas procedentes de los medios más dispares».

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