Raymond Aron

El fanatismo, la prudencia y la fe

Trad. Mónica Mansour, originalmente publicado en la revista “Comentario”, N º 109, primavera de 2005.

aron1Cuando uno recuerda las actitudes políticas de Sartre y de Merleau-Ponty a partir de 1945, tiene la sensación de haber asistido a una especie de ballet o de saltos cruzados (1). La “nueva izquierda” de Merleau-Ponty de 1955 se parece a la Agrupación Democrática Revolucionaria de Jean-Paul Sartre de 1948. La política marxista de espera del primero estaba más cerca del procomunismo actual del segundo que del acomunismo expuesto en Las aventuras de la dialéctica.

Filósofos de profesión, uno y otro justifican sus opiniones de cada día con argumentos que, si fuesen válidos, valdrían durante siglos. Son aún más propensos a elevar hasta el nivel de lo eterno los episodios de su existencia de lo que están obsesionados por el ejemplo de Marx y de Lenin. Pero el existencialismo, el de Sartre así como el de Merleau- Ponty, no es una filosofía esencialmente histórica.

Del existencialismo al doctrinarismo

Sartre y Merleau- Ponty, en sus trabajos anteriores a las especulaciones políticas, pertenecen a la tradición de Kierkegaard y de Nietzsche, de la rebelión contra el hegelianismo. El individuo y su destino constituyen el tema central de su reflexión. Ignoran la totalidad cuya toma de conciencia por parte del filósofo marca la llegada de la sabiduría. La historia inacabada no impone una verdad. La libertad del hombre es la capacidad de autocreación, sin que se perciba, por lo menos en El ser y la nada, a qué ley debería obedecer o hacia qué objetivo debería tender esa creación.

Cada uno debe encontrar la respuesta a la situación sin deducirla de los libros ni recibirla de los demás; sin embargo, esa respuesta se impone al actor, solitario y responsable. La autenticidad -es decir, el valor de asumirse uno mismo, su herencia y los suyos- y la reciprocidad -el reconocimiento del otro, el afán por respetarlo y ayudarle a realizarse- parecen ser las dos virtudes cardinales del homo exístentíalís.

Los existencialistas describen la existencia humana tal como es vivida , sin que esta descripción se relacione con una particularidad histórica. Desde luego, esa descripción surge de la experiencia, ligada a ésta como la obra al artista. Su validez no está limitada a un tiempo. Ya sea que se trate de la libertad o de la autenticidad, sigue siendo verdad para todos los hombres, a través de los siglos, que la conciencia se realiza al liberarse y se libera al asumirse.

Alphonse de Waehlens(2) aparta como “una mala broma” la objeción de Karl Lowith(3), citando las palabras de un estudiante: “Estoy decidido, sólo que no sé a qué.” Escribe: “La filosofía, ya sea existencial o existencialista(4), se destruiría a sí misma si, al renunciar a formar las conciencias, pretendiera proporcionar a cada uno recetas que, en toda ocasión, pudieran resolver los problemas de su vida. El Sein-zum-Tode(5), sea lo que sea que debamos entender por eso, no puede ser más que una inspiración, una luz, bajo la cual cada uno, ubicado frente a su situación, tendrá el deber y el privilegio de decidir libremente, sin dejar de correr el riesgo de equivocarse o incluso de ser infiel(6).” La objeción me parece mucho más que una mala broma. Ninguna filosofía podría proporcionar “recetas” para resolver los problemas que plantean las circunstancias. Pero una filosofía que se refiere a un ideal de virtud o de sabiduría, al imperativo categórico o a la buena voluntad, ofrece “una inspiración, una luz” distintas a las de una filosofía que pone el acento sobre la libertad, la elección, la invención. Si el filóso fo ignora lo que es la virtud y ordena a los discípulos a ser ellos mismos, ¿estarán éstos muy equivocados si concluyen que la resolución en sí importa más que su contenido?

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