Fernand Braudel

Aportación de la historia de las civilizaciones

De La Historia y las Ciencias Sociales, Alianza Editorial, Madrid, 1970.Traducción de Josefina Gómez Mendoza.

braudelEn el presente capítulo, se va a discutir el problema bastante insólito de si la historia de la civilización, tal y como se ha desarrollado desde el siglo xviii, desde el Essai sur les moeurs de Voltaire (1756) hasta nuestros días, es capaz de esclarecer de alguna manera el conocimiento del tiempo presente y, por tanto, necesariamente, del futuro, puesto que el tiempo de hoy sólo es comprensible vinculado al tiempo de mañana. El autor de estas líneas (historiador para quien la Historia es, a un tiempo, conocimiento del pasa do y del presente, del «devenido» y del «devenir»: distinción en cada «tiempo» histórico —se trate de ayer o de hoy— entre, por un lado, aquello que perdura, que se ha perpetuado y se perpetuará con energía, y, por otro lado, aquello que no es sino provisional y hasta efímero) se mostraría propenso a opinar que para la inteligencia del presente hay que movilizar a toda la Historia. Pero, ¿qué representa en concreto, en el conjunto de nuestro oficio, la historia de la civilización? Cabe incluso preguntarse si se trata de un campo original, específico. Rafael Altamira no vacilaba en afirmar que «decir civilización viene a ser lo mismo que decir historia». Y ya Guizot escribía en 1828: «…Esta historia (de la civilización) es la mayor de todas…, comprende a todas las demás.»

Se trata, sin duda, de un amplio, de un inmenso sector de nuestro oficio, nunca fácil, sin embargo, de circunscribir y cuyo contenido ha variado y continúa variando según las interpretaciones de un siglo a otro, de un país a otro, de un historiador o un ensayista a otro. Cualquier definición resulta difícil, aleatoria.

Hay que distinguir, en primer lugar, entre la civilización, concepción que pone en causa a toda la humanidad, y las civilizaciones, dispersas éstas en el tiempo y en el espacio. Por añadidura, el término civilización nunca viaja sólo: le acompaña indefectiblemente el término cultura que, sin embargo, no se limita a ser su duplicado. Añadamos que también hay la y las culturas. En cuanto al adjetivo cultural, nos prodiga desde hace tiempo servicios ambiguos, tanto en el terreno de la cultura —como lo exige su etimología— como en el de la civilización, el carecer éste de adjetivo propio. Diremos que una civilización es un conjunto de rasgos, de fenómenos culturales.

Quedan entonces ya enunciados un cierto número de matices, de confusiones posibles. Pero, cualquiera que sea la palabra clave, esta historia específica llamada historia de la civilización o de la cultura, de las civilizaciones o de las culturas, aparece, en una primera aprehensión, como un cortejo, mejor dicho, como una orquesta de historias particulares: historia de la lengua, historia de la literatura, historia de las ciencias, historia del arte, historia del derecho, historia de las instituciones, historia de la sensibilidad, historia de las costumbres, historia de la técnica, historia de las supersticiones, de las creencias, de las religiones (y hasta de los sentimientos religiosos), historia de la vida cotidiana, por no hablar de la historia —muy rara vez intentada— de los gustos y de las recetas de cocina… Cada uno de estos subsectores (la enumeración realizada está lejos de ser exhaustiva), más o menos desarrollado, posee unas reglas, unos objetivos, un lenguaje interior y un movimiento específicos que no tienen por qué ser forzosamente los de la historia general. La dificultad estriba en conseguir que todo concuerde. A lo largo de todo un año, he intentado con relativo éxito en el College de France encontrar vínculos, en el siglo xvi europeo, entre la historia de las ciencias, de las técnicas y de los demás sectores de la historia general. No obstante, el que estas historias marchen, o no, a un mismo ritmo, no quiere decir que sean indiferentes las unas a las otras. Lucien Febvre insistía, con razón, en contra de León Brunschwicg y Etienne Gilson y de una historia autónoma de las ideas, en los derechos de la historia general, atenta al conjunto de la vida, del que nada —como no sea arbitrariamente— puede ser disociado. Pero reconstruir su unidad viene a ser como buscar, sin término, la cual dratura del círculo.

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