Eduardo Bello

La construcción de la paz: el proyecto del abbé de Saint-Pierre

Universidad de Murcia
Res publica, 24, 2010, pp. 121-135

abbe saint pierreNo cabe duda de que la idea de «paz perpetua» nos remite a Kant. Pero, ¿habría inventado Kant dicha idea, si casi un siglo antes el abate de Saint-Pierre no la hubiera expresado en el título de uno de sus escritos más célebres, a saber: Projet pour rendre la paix pérpetuelle en Europe (1713) ? Un voluminoso escrito —cabe precisar— que no sólo suscitó numerosas controversias en la primera mitad del siglo XVIII, sino que célebres filósofos como Rousseau y Kant retomaron la idea para diseñar un nuevo proyecto de paz. Ahora bien, ¿quién es el abate de Saint-Pierre? ¿Cuál es el significado y alcance de su proyecto de paz en Europa? El objetivo de este trabajo no es sino responder, sobre todo, a la segunda cuestión.

A Charles Irénée Castel de Saint-Pierre (1658-1743) no se le considera un filósofo que se pueda adscribir a una de las grandes corrientes del siglo XVII, ni siquiera Voltaire le tiene por un philosophe, sino más bien por un escritor utópico . Es sin duda alguna un «espíritu libre», cuya actitud crítica puede ser comparable a la de Pierre Bayle o a la del mismo Voltaire, pues se vuelve incómoda para la línea oficial. Es más, una de sus publicaciones sobre todo —Discours sur la Polysynodie (1718)— genera tal escándalo que es excluido de la Academia Francesa, en la que había ingresado en 1695. Y, sin embargo, no escribe sino sobre lo que ha observado tanto en la vida pública, esto es, en la política de Luis XIV, como en la vida de la Corte. Según Rousseau, si el abate aceptó un pequeño cargo en ella no fue sino para observar de cerca a los personajes principales de la política, así como para poder conocer más directamente los secretos de la maquinaria del gobierno, con el fin de tratar de perfecionarla . De ahí proceden multitud de observaciones sobre la guerra y las finanzas, sobre la administración y el gobierno, y hasta sobre el problema de la educación. Pero también toma buena nota de las discusiones y debates tanto en la Academia francesa como en los frecuentados salones de su tiempo. Charles Irénée, aunque estudió inicialmente filosofía y teología, y luego ciencias físicas y naturales, su principal interés se dirige a cuestiones económicas, políticas y sociales. Es lo que señala Rousseau en los siguientes términos: «Dejó el estudio de la moral por el de la política, como antes había dejado el estudio de la física por el de la moral, después se dedicó casi exclusivamente a la ciencia del gobierno de los Estados» Desde este punto de vista hemos de entender la dura crítica a algunos aspectos básicos de la política de Luis XIV, una vez fallecido éste, de modo particular a la cuestión del absolutismo.

Por encima de todo, el abate de Saint-Pierre muestra una preocupación profunda ante el problema de la guerra y las vías de la paz: «Insistió constantemente —observa Voltaire— sobre el proyecto de una paz perpetua, y de una especie de Parlamento de Europa, al que llamaba la diète europaine» . A comienzos del siglo XVIII, ante el panorama desolador de las guerras en Europa, plantea al gran siglo un proyecto de paz que califica de «perpetua» (pérpetuelle).

Ahora bien, ¿cómo se explica el panorama de guerras de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, si tenemos en cuenta que la paz de Westfalia había establecido un nuevo equilibrio, cincuenta años antes? Entre otras razones, ésta es la fundamental: el llamado por Voltaire «Siglo Luis XIV» no fue una época de paz sinode incesante y deplorable guerra. El poder del Rey Sol sólo brilló tras la reorganización de la Corte y de las finanzas, pero sobre todo mediante la formación de un poderoso ejército que le permitió mantener una política agresivamente expansiva. Acabar con la hegemonía de los Hasburgo e incrementar el poder de Francia fue el doble objetivo de su reinado. Francia había sido un actor directo en la Guerra de los Treinta Años. Pero la derrota final de la Contrarreforma y el triunfo de la concepción protestante, en el tratado de Westfalia, no había sido un resultado suficiente para el monarca más absoluto y ambicioso de Europa. Desde la Paz de los Pirineos (1659) hasta la de Utrecht (1713), Luis XIV obtiene de España —el gran enemigo a batir— en años sucesivos lo siguiente: con la Paz de los Pirineos, el trazado de nuevas fronteras tanto en el norte como en el sur, donde adquiere el Rosellón entre otros territorios; con la paz de Aquisgrán (1668) que pone fin a la Guerra de Devolución, devuelve el Franco Condado pero se queda con varias plazas fuertes; con la Paz de Nimega (1678), el Franco Condado; con la Paz de Ryswick (1697), algunos territorios en la frontera con los Países Bajos. Pero lo que en realidad obsesiona a Luis XIV no es este o aquel territorio concreto sino anexionar a la Corona de Francia la de España y sus inmensas posesiones o, en todo caso, que no aumente su poder la Casa de Austria. A tal fin, no sólo programó en la misma Paz de los Pirineos su matrimonio con la hija de Felipe IV, Mª Teresa de Austria, sino que apostó fuerte a la Corona de España al morir Carlos II sin sucesión. La Guerra de Sucesión al trono de España tuvo en Luis XIV a uno de los actores principales de la contienda: conocido el testamento de Carlos II a favor del nieto de Luis XIV, Felipe de Anjou, al archiduque Carlos no le quedaba otra vía hacia la Corona de España —a la que aspiraba por derecho de parentesco— que la guerra. Luis XIV, que había pactado con el rey inglés y con el Imperio la participación de España para acabar con su hegemonía, aceptaba, incrédulo, la decisión testamentaria a favor de su nieto. «Europa se quedó al principio aturdida de sorpresa y de impotencia —comenta Voltaire—, cuando vio la monarquía de España sometida a Francia, de la que había sido rival trescientos años. Luis XIV parecía el monarca más feliz y el más poderoso de la tierra […]: uno de sus nietos iba a gobernar a sus órdenes España, América, la mitad de Italia y los Países Bajos […]. (Septiembre de 1701) El rey Guillermo, enemigo hasta la muerte de la grandeza de Luis XIV, prometió al emperador armar a Inglaterra y Holanda para él; metió también a Dinamarca en sus intereses, y, por último firmó en La Haya la alianza ya tramada contra la casa de Francia» . Después de diez años de guerra en Europa, una doble circunstancia, en 1711, facilita las conversaciones de paz: por una parte, la subida al trono de Austria del archiduque Carlos (emperador Carlos VI) y, por otra, la renuncia al trono francés de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. En consecuencia, uno de los resultados del Tratado de Utrecht (1713) fue el reconocimiento de Felipe V (Felipe de Anjou) como rey de España. Pero, si bien se puede considerar éste como un logro importante para Luis XIV, al margen de otros acuerdos y resultados, el principal beneficiado de Utrecht no fue el Rey Sol —cuya guerra supuso el comienzo del declive de Francia—, ni tampoco Carlos VI, sino Inglaterra que logró consolidar su poder marítimo: las posesiones de Gibraltar y Menorca sólo constituyen una pequeña muestra del mismo.

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