Antoine de Compagnon, o ¿para qué sirve la teoría?

La teoría literaria tiene su origen en Aristóteles y su «Poética». Desde entonces, siglos de Historia la atraviesan. Antoine Compagnon hace balance de sus excesos, logros y fracasos en «El demonio de la teoría». Un recorrido por sus grandes nombres.

CÉSAR ANTONIO MOLINA

CÉSAR ANTONIO MOLINA
En Aristóteles (en la imagen)y su «Poética» tiene su origen la teoría literaria

La primera vez que vi citado a Antoine Compagnon (Bruselas, 1950) fue en el libro de Roland Barthes Fragments d’un discours amoureux (Seuil, 1977). El maestro del ensayismo se refería a un artículo suyo publicado en la revista Tel Quel, «L’analyse orpheline». Me impresionó que, por aquel entonces, una persona tan joven fuera nombrada por un gran autor, al lado de otros también ya consagrados. Barthes no se equivocó y hoy este catedrático de la Sorbona, de Columbia o del Collège de France presenta en su bibliografía importantes libros de ensayo dedicados, fundamentalmente, a la literatura, el pensamiento y los modelos de nuestra sociedad.
Solo desde este saber podría haberse enfrentado Compagnon a un texto que él titula El demonio de la teoría, mientras que yo lo hubiera titulado algo así como La selva de la teoría literaria. Un libro en apariencia sencillo, pero complicadísimo. Porque desde el siglo XIX no han parado de surgir teóricos individuales y escuelas dedicadas a analizar la obra literaria y aledaños: la relación entre la literatura y el autor; la relación entre la literatura y la realidad-mundo; la relación entre la literatura y el lector; la relación entre la literatura y el lenguaje-estilo; la relación entre la literatura y la Historia y, entre muchos más temas, cómo se detecta un buen o mal libro, así como el valor artístico del mismo, y otras cuestiones relacionadas con los géneros literarios.
La teoría literaria nació al servicio de la literatura, pero creció tanto, evolucionó tanto, se alejó tanto de su origen que, muchas veces, en vez de ayudar a la comprensión de la misma, solo ha hecho oscurecer su brillantez. Son muchos quienes la detestan y la creen innecesaria. Yo no opino lo mismo.
A pesar de los excesos en que pudiera incurrir, como tantas otras ciencias, sus investigaciones nos han ayudado a conocernos mejor. El texto literario es como un cuerpo humano, y si nadie reprocha a los médicos investigar sobre él, por qué no lo vamos a hacer sobre la escritura.

El combate recomienza
El mayor peligro de la teoría literaria es la arquitectura que construyó basada solo en sí misma y con apenas referencias a las obras literarias a las cuales pretendía analizar. Perdió de vista a la literatura misma. La teoría, como se dice en inglés, paints itself into a corner, se enreda los pies en las trampas que tiende al sentido común y «choca contra las aporías que ella misma ha suscitado, y el combate recomienza. Sería necesario un Hércules particularmente irónico para salir victorioso» (Compagnon).
La teoría literaria surgió como una hiedra para darle más vida y sentido a la literatura y, por el contrario, esa hiedra –a veces, no siempre– ha tratado de ahogarla, asfixiarla; en definitiva, dejarla sin vida.

¿El autor ha muerto, la literatura solo habla para sí misma, el lector ha desaparecido? Podemos desmentir rotundamente las dos primeras preguntas, pero la tercera –por otros motivos– tiene ya bastantes visos de realidad. Quien más ha sufrido en estas batallas fratricidas ha sido el lector, el ser más indefenso, más afectable, más débil. La teoría literaria, quizás sin proponérselo, primero lo despreció, luego lo hizo desaparecer y finalmente, ante el desastre inminente y catastrófico que esto conllevaba, lo recuperó tenuemente.

La teoría literaria ha ganado guerras contra ella misma, pero no puede triunfar porque no está en condiciones de aniquilar al yo lector, el pilar básico sobre el cual se sustentan todos los demás. La realidad de la literatura no es toda teorizable como una ciencia exacta.
Una de las conclusiones más sabias y sensatas a las que llega el autor de este libro es que la teoría no es aplicable, y por lo tanto, no es «verificable»; debe ser considerada ella misma como literatura. La teoría literaria es un género más de la creación literaria y, como tal, tan frágil como ella misma.

La caza del tesoro
Para Compagnon, y lo comparto totalmente, no hay diferencia entre un ensayo de teoría literaria y una ficción de Borges. La teoría es una especie de ciencia ficción y es la ficción lo que nos gusta, pero, al menos durante un tiempo (mucho tiempo), tuvo la ambición (y no la ha perdido) de convertirse en una ciencia exacta.

Antoine Compagnon dice leerla como una novela, yo prefiero hacerlo como un libro de viajes, un libro de aventuras, la búsqueda de un tesoro deslumbrante que siempre acaba de perderse por la avaricia de quienes van en su busca. Muchas teorías han fracasado, y mejor así, pero han abierto nuevos pasos a la interpretación, nuevos cauces.

Tzvetan Todorov, uno de los más ortodoxos y reputados teóricos, hacía el siguiente comentario autoinculpatorio en uno de sus últimos libros: «El lector corriente, que sigue buscando en las obras que lee algo con lo que dar sentido a su vida, tiene razón cuando se enfrenta a los profesores, críticos y escritores que le dicen que la literatura solo habla de sí misma, o que solo enseña la desesperación. Si no tuvieran razón, la lectura estaría condenada a desaparecer a corto plazo».
Sí. En muchos casos, la teoría literaria ha sido la peor enemiga de la creación literaria y en vez de aportar nuevas generaciones de lectores mejor preparados, los ha alejado e incluso, lo que es peor, ha justificado ese exilio cultural. Pero no siempre fue así. También la teoría literaria abrió infinitos horizontes a los creadores y lectores, enriqueciéndose ambos.

Malvada teoría
De este odio y de este amor habla igualmente en su libro Compagnon. El ensayista francés no es complaciente con su materia sino, por el contrario, bastante crítico, sarcástico, irónico y, a veces, tan malvado como la propia teoría literaria. Pero esta conciencia no le impide optar por lo más destacado y dejar de lado las infinitas discusiones bizantinas entre teóricos e innumerables escuelas.
La principal conclusión a la que llega Compagnon es que el objetivo de la teoría literaria es, en efecto, la «derrota» del sentido común. Lo refuta, lo critica, lo denuncia como una serie de ilusiones (el autor, el mundo, el lector, el estilo, la Historia, el valor) de las que le parece indispensable comenzar por librarse para poder hablar de literatura.

Pero, afirma Compagnon, con paciencia y razón, la resistencia del sentido común a la teoría literaria es extraordinaria. ¿Extraordinaria y suficiente? Paul de Man, teórico, complicado en todos los sentidos, subrayaba que sin la resistencia a la teoría, esta no valdría la pena.
Contra el autor, contra el lector, contra la referencia, contra la objetividad, contra el texto, contra el canon: así estuvo la teoría literaria durante muchos años. Pero incluso ni siquiera la frigidez de escuelas demoledoras, como el estructuralismo o la semiología, pudo acabar con la pasión creadora y lectora. ¿Cómo se puede explicar un texto de una manera más oscura que él mismo?
El género poético y el lector de poesía son más receptivos a estas aventuras espeleológicas, pero no así el del resto de géneros. La poesía, basada fundamentalmente en la palabra aislada como un mundo en sí misma, tiene otros referentes simbólicos, otras musicalidades, otras pesquisas a veces muy cercanas al pensamiento y a la filosofía. Montaigne ya lo dijo: «Los poemas significan más de lo que dicen».

Mesa de autopsias
El demonio de la teoría no es un libro contra la teoría literaria (el autor no va contra sí mismo), sino un extraordinario trabajo de didáctica que trata de explicar de una manera clara, sencilla (ni mucho menos fácil) y asequible a cualquier lector mínimamente preparado las bondades de esta materia oscura a lo largo de los siglos. Labor más difícil que la redacción de los muchos libros mencionados.
La teoría es necesaria para adaptarla, criticarla, compartirla o alejarse
Su lectura no conduce a una desilusión teórica, sino a la duda teórica, a la vigilancia crítica de los caminos sin retorno. La única teoría que vale la pena es aquella que lleva dentro de sí su propio cuestionamiento, aquella que duda de su propio discurso. Barthes llamaba a su pequeño Roland Barthes por Roland Barthes «el libro de mis resistencias a mis propias ideas». La teoría es necesaria para adaptarla, criticarla, compartirla o alejarse de ella como de un buque naufragado.
En cada uno de los siete apartados en los que se divide el volumen de Compagnon, se explican todas las teorías y tendencias imaginadas por los teóricos hasta nuestros días. Las comenta, las confronta y trata él mismo de llegar a un acuerdo ecuménico.

Hoy, cuando la creación literaria está amenazada por la publicación de libros infectos; cuando los buenos lectores son cada vez más escasos; cuando desaparecen cientos de librerías; cuando las nuevas tecnologías se enseñorean con falsas utopías; cuando las humanidades son arrancadas de la educación y están a punto de fenecer, me gustaría saber qué pensarían estos teóricos con su cadáver inservible sobre la mesa de autopsias. No un cadáver cualquiera, sino el suyo propio.

Ensayo. Traducción de Manuel Arranz. Acantilado, 2015. 24 euros
Source: ABC_CULTURAL Día 13/05/2015

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