Adela Cortina

El corazón de Europa

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18 April 2013, El Pais

Las actuaciones de la Unión Europea están causando entre sus ciudadanos una merecida desafección. Se habla de que es esta una “Desunión Europea”, en la que los dirigentes de cada país bregan por conseguir los votos de los electores en su país de origen, sin importarles el conjunto de esa entidad supranacional de la que habíamos llegado a sentirnos tan orgullosos.

Los europeos, inventores del Estado nacional, habríamos ideado también una comunidad de soberanías compartidas capaz de ir sentando las bases de una sociedad cosmopolita. La unión económica exigiría reforzar la unión política y, como condición de posibilidad de una y otra, se potenciaría la Europa de los Ciudadanos, clave de bóveda de todo lo demás.

Pero la crisis actual ha puesto en evidencia que ninguna de esas metas se había alcanzado, porque ha sido el egoísmo de cada país el que ha presidido sus actuaciones en el seno de la supuesta unión, y no la cooperación imprescindible para que funcione como tal unión en el orden ciudadano, político y económico. No hay una auténtica democracia europea, los gobernantes toman acuerdos bilateralmente, cambiando las lealtades al hilo de la conveniencia coyuntural, pero no se atiende a las aspiraciones de los supuestos ciudadanos europeos.

Este funcionamiento es suicida. Y no solo porque va en contra del sentido de la democracia, no solo porque resulta inmoral tomar decisiones sin tener en cuenta a sus destinatarios, sino incluso por algo tan simple como que resulta irracional. Tanto tiempo presumiendo de que el progreso humano se ha beneficiado del avance racional propiciado por Europa, para venir a dar en la irracionalidad más pueril.

Porque sabemos desde hace tiempo que lo racional no es buscar el máximo beneficio de forma egoísta, caiga quien caiga, sino tener la inteligencia suficiente como para cooperar desde una base de cohesión social. Que acertaban los viejos anarquistas al asegurar que es la ayuda mutua la que beneficia a las especies y no la despiadada competencia, que es más inteligente generar aliados que adversarios, amigos que enemigos.

La razón humana integral no es estúpidamente egoísta, sino cooperativa. Como bien dice Michael Tomasello, “nunca veréis a dos chimpancés llevando juntos un tronco”; fue la capacidad de cooperar la que hizo progresar a la especie humana. Los que trabajan codo a codo no sólo consiguen cambiar el tronco de lugar, sino también generar un vínculo de amistad que vale por sí mismo y para trabajos futuros.

Ese parecía ser el corazón del proyecto de una Europa unida, que podría extenderse a otros lugares. Y resulta desalentador ver cómo la Europa que inventó la democracia en la Grecia clásica, que acuñó la idea de dignidad humana como núcleo de la vida compartida, que potenció la racionalidad no sólo científica sino sobre todo moral, que descubrió el Estado social y la posibilidad de una comunidad supranacional, ha traicionado su propia identidad con un tenaz empeño suicida, sin el menor afecto por los ideales que la constituyen.

Las actuaciones en Chipre, que son a todas luces más fruto de la improvisación egoísta y chapucera que de una preocupación inteligente por el bien de la población, se suman a esta reciente historia de agravios a los países del sur, en los que se ha ido generando una aversión profunda hacia los supuestos socios del norte. Una situación de la que se benefician los populismos y los totalitarismos de uno u otro signo, los que no tendrían ninguna oportunidad de medrar en una sociedad justa.

¿Cómo es posible que a los bien situados les resulte tan difícil aprender que los países y las personas son interdependientes, que es falso que mi ganancia dependa de las pérdidas ajenas? Es justo lo contrario, si los países del sur quedamos esquilmados, como es el caso, no solo nosotros saldremos perdiendo, también perderán los del norte.

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